Regresa al tema después de reírnos cuando sugiere escribir una carta en vez de un ‘whatsapp’. No me parece tan gracioso, pero me rio igual. - Bueno, no había luz eléctrica, y tu tío Miguel, el tío del abuelo Pipo,…- siguió mi abuela. Me leyó la mente. Necesitaba la aclaración entre Migueles. - …Quería donar un esqueleto humano, íntegro, a una universidad ahí mismo, en Arequipa. Fíjate, era médico, y simplemente tenía uno. - dijo, sin gracia. La idea de simplemente ‘tener’ un esqueleto humano completo a tu disposición me parece una locura, y aparentemente mi cara delató mi sentimiento de inquietud, haciendo que mi papá se ría. Él ha escuchado esta historia probablemente más que cualquiera, pero escucha como si fuera la primera vez. Creo que ese es un favor que le debemos a todas nuestras mamás después de tantos años, dejarlas creer. Mi abuela soltó una risa y continuó con su relato: - Te cuento que Miguel era muy bromista. No se le ocurrió mejor idea que aprovechar la gema que tenía en las manos antes de dejarla ir. Déjame decirte que aprovechó su oportunidad. Consiguió un palo oscuro como la noche, camuflaje. Salió por la puerta a la una de la mañana con un esqueleto completo sostenido por un palo invisible a una distancia de aproximadamente dos metros de donde caminaba. A la distancia, podías ver nada más que un esqueleto caminando por las calles de Arequipa. Me imaginaba el terror que pasó por el sistema nervioso de los pobres borrachos en las calles esa noche. La instantánea conversión al Cristianismo, lanzando oraciones al cielo pidiendo nada más que piedad, casi que un reflejo. La promesa a un ser superior que ‘este sería su último’... Mi pensamiento fue rápidamente cortado por mi abuela, de nuevo, mirando dentro de mi cerebro y sacando mis pensamientos por su boca. - ¿Te imaginas? ¡Qué gracioso! Gracioso para nosotros, no para los testigos, obvio. Mejor dicho, ¡víctimas! Me acuerdo que siempre que me contaban esta historia de chiquita, no les faltaba insistir que la gente por las calles salía despavorida y se persignaba sin parar - dijo mi abuela, imitando a tales testigos, persignándose como loca. - Pero en una de esas escapaditas - siguió - se le pasó la mano. 30
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