Esperanto Magazine

¿¡Escapaditas!? - pregunté, resaltando la ‘s’, sorprendida por el plural que no me acordaba de haber escuchado antes. - Sí - aseguró mi abuela - Más de una. Para la tercera noche, que resultó ser su última antes de despedirse de sus aventuras nocturnas, llamó a sus amigos para que lo acompañaran a robarle la tranquilidad a los insomnes de Arequipa. El tío Miguel continuó con su nueva rutina habitual, cargando el esqueleto desde un palo negro después del anochezer y la apagada de las lámparas de gas. Ahí era cuando el esqueleto cobraba vida. La gente horrorizada, los que no lo podían creer y un solo borracho que se reía al ver a mi tío por tercera vez. Doblaron una esquina, el esqueleto marcando el camino adelante, orgulloso. Al otro lado de la esquina, no les esperaba nada más que una señora desmayada. Y no te estoy diciendo cualquier señora. Una señora mayor. ¡Le podría haber dado, no sé, un paro cardiaco! Miguel no sabía que hacer una vez que echarse a reír ya no le servía. La cosa se puso seria. Me imaginé a mi tío-bisabuelo, en esa época, jóven y asustado. Ahora, él paga su precio, acompañando a quien sea que haya sido el alma de ese esqueleto en el más allá. Después de todo, todos terminamos igual, ¿no? No necesariamente paseando por las calles de Arequipa, pero muertos igual. Me imaginé como miró la cara de su futuro a través del esqueleto al darse cuenta que podría haber acelerado el proceso a otra persona. ¿Se habrá arrepentido? - Nunca supe qué hicieron ni qué pasó - dijo mi abuela con un tono casi que derrotado - Era médico, así que me gustaría pensar que ayudo a esta señora, que no la dejó tirada. Pero supongo que esto es algo que solo lo sabrá la historia. Veinte minutos después de hablar de cualquier otra cosa, me despedí y me fui, pensando en esa señora. El susto, seguido por horror, seguido por nada. Una conclusión, una anécdota. Pensé, ¿Qué hubiera pensado que pasó, si es que nadie le explicó? Me imaginé un culto, un grupo con capas rojas que cubren su identidad, esta señora liderando y compartiendo como vio el Diablo una noche del domingo. Que gracioso, pensar que una broma llegaría a eso. Llegué a mi casa sin intenciones de dormir y escribí. Escribí para recordar y no perder lo que algún día podría convertirse en oro. 31

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